Era un pequeño pueblo situado en un país del litoral caribeño, en la costa de una preciosa isla. Sus playas estaban sembradas de enormes cocoteros situados en la misma orilla del mar, con su sombra proporcionaban refugio del Sol a los bañistas y con sus enormes cocos bebidas refrescantes para sobrellevar el calor y la humedad existente. La orografía de sus costas la habían conformado como un gigantesco croissant, con una zona de arena que se curvaba como una media luna haciendo que los “cuernos” de dicha figura se extendiesen por ambos lados cerrando casi por completo la entrada del mar, lo que producía una defensa natural contra el oleaje del océano abierto creando una playa en que las olas llegaban mansamente procurando un baño reposado para los nadadores. Las aguas mantenían constantemente una sorprendente claridad así como una temperatura que, incluso en las noches, hacía agradable el baño en cualquier época del año pues la temperatura variaba minimamente fuese verano o invierno, gracias a su afortunada situación geográfica. En las zonas más próximas a la playa se habían construido una serie de lujosos hoteles, no demasiados, procurando que fuese más importante la calidad económica de los visitantes que su número. En una zona suficientemente separada de los hoteles residían los originarios de la isla, con sus familias, en casas de única planta, modestas pero suficientes; dichos pobladores vivían, generalmente, del trabajo en los hoteles de la isla pero también de la pesca en las limpias aguas de su bahía mediante unos lustrosos y bien cuidados barquitos de pequeño calado pero suficiente para pescar fuera de la zona protegida, cuando era necesario.
Las condiciones económicas de los hoteles hacían que los visitantes fuesen personas con alta capacidad adquisitiva y que, en su mayoría, prescindían de la compañía de menores o éstos eran jóvenes adolescentes. Abundaba la presencia de personas mayores ya que la isla era famosa por las distintas diversiones que ofrecía para personas de cierta edad; todos los hoteles habían acordado realizar fiestas nocturnas coordinadas de tal manera que los turistas comenzaban la diversión unidos en uno de los establecimientos pasando, a lo largo de la noche por todos los hoteles, haciendo un abundante consumo de comida y, sobre todo, bebida; en estas fiestas participaban los jóvenes habitantes de la isla, hombres y mujeres, que eran famosos por la belleza de sus rasgos y fisonomías, así como por su facilidad para la interpretación de todo tipo de bailes sugerentes y su moral relajada; las celebraciones comenzaban cuando el sol iniciaba su ocaso y solían terminar cuando al astro rey se le terminaba el descanso, es decir, cuando aparecía somnoliento por la otra cara del horizonte. Los días transcurrían felizmente para los visitantes que se congratulaban del acierto al haber elegido aquella isla para su relax y satisfacción.
La isla estaba regida por un consejo de mayores, elegidos de entre la población que reuniese una serie de condiciones siendo la edad madura una de ellas; entre estos miembros elegían a un director o presidente, que a su vez era jefe de las actividades económicas de la isla, siendo los componentes de esta entidad los que dirigían las actividades de los hoteles, puesto que era el pueblo el propietario de todas las instalaciones hoteleras, cuestión que se habían preocupado que no fuera conocido más que por los interesados. El Consejo era también quien ordenaba las actividades pesqueras, puesto que todas sus actividades se hacían en forma de sistema cooperativo,
Todos los años en el mes de agosto los habitantes de la isla celebraban una fiesta en honor de ellos mismos como trabajadores y habitantes de su isla; a esa celebración invitaban a todos los visitantes quienes estaban obligados a acudir a dichas fiestas so pena de contrariar a los poderes esotéricos que, al parecer, existían en la zona. La fiesta comenzaba embarcando todos los turistas en los barcos de los pescadores para hacer un recorrido por las aguas de la bahía; en estas falúas les acompañaban parte de los habitantes varones más jóvenes y fuertes de la isla, proporcionándoles abundante bebidas alcohólicas y refrescantes. La travesía comenzaba al poco de amanecer por qué, según relataban los mayores, era el momento en que los seres espirituales estaban más propicios para favorecer las peticiones que les hiciesen los humanos; aunque el inicio era temprano la gran extensión de la zona de la bahía y la lentitud con que avanzaban las barcazas hacía que la travesía durase unas cuantas horas, por lo que no se alcanzaba la posición del final de esa hasta bien entrada la mañana, permitiendo que los turistas disfrutasen del viaje y de sus numerosas libaciones, esto y el continuo movimiento de los barcos produjo en la mayoría de los visitantes una ligera sensación de aturdimiento; cuando llegaban las barcazas al final de la bahía observaron como otra partida de embarcaciones habían recorrido el exterior de la isla rodeándola a mayor velocidad y apareciendo fuera del límite de las aguas tranquilas; desde lejos les hacían señas que podían ser saludos de bienvenida.
De repente, los fuertes marineros comenzaron, entre bromas y empujones, a hacer caer al agua a los turistas quienes animados por las bromas de los jóvenes, se reían y hacían guasas de la forma de caer de sus amigos; la temperatura del agua estaba exquisita por lo que el baño fue agradecido por todos, no haciendo intención nadie de subirse en las embarcaciones. En eso estaban cuando se dieron cuenta que las barcas se habían alejado de ellos lo suficiente para que no pudiesen subir, mientras los barcos que estaban en el exterior de la bahía se separaban formando un círculo que cerraba la entrada y por sus bordas dejaban deslizar unas telas que vistas de lejos parecían redes de pesca. De repente, uno de los turistas sintió un fuerte tirón de una de sus piernas, sumergiéndose violentamente mientras a su alrededor el agua se cubría de un color rojo que parecía sangre; cuando de nuevo emergió del agua sólo se le pudo escuchar una sola palabra: ¡tiburones! En ese momento los turistas fueron conscientes de que estaban siendo atacados por una ingente cantidad de aletas, que se dirigían hacia ellos, entrando por medio de las barcas que protegían la bahía; en unos instantes se vieron rodeados por tiburones que al sentir el olor de la sangre atacaban a todos los náufragos, algunos de ellos en su desesperación intentaron acercarse a las barcas que les habían transportado pero sus ocupantes repelían con palos sus intentos, golpeando las manos que lograban agarrarse a sus bordes haciendo que la aparición de nueva sangre hiciese que los tiburones atacasen con mayor violencia. No duró demasiado la masacre ya que el número de peces era muy superior al de humanos, provocando que varios atacasen simultáneamente a un solo individuo quien era desmembrado por sus potentes y diferentes mandíbulas. Mientras tanto los barcos que se encontraban en el exterior de la bahía y los que habían transportado a los turistas formaron un círculo alrededor de la amplia zona coloreada de sangre, con una redes que unidas entre todos los barcos formaban una barrera infranqueable para los peces. Cuando el festín estaba llegando a su fin comenzaron las verdaderas celebraciones de las fiestas patronales: la pesca de tiburones por los habitantes de aquel pueblo; las redes comenzaron a elevarse mientras los pescadores provistos de grandes y puntiagudos ganchos acerados, los clavaban en los peces elevándolos a bordo hacia las bodegas de carga; en ocasiones cuando se elevaban más las redes aún aparecían restos de los cuerpos, miembros o torsos, no consumidos por los tiburones. Cuando estuvieron llenas las bodegas los barcos bajaron las redes permitiendo que una buena parte de los peces se escapasen para poder asistir a la fiesta patronal del próximo año.
Un año más los habitantes de aquel pueblito celebraron alegremente las fiestas patronales, ¡la pesca había sido magnífica!
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