La patente de corso era la entregada por un gobierno a un barco privado, autorizándole la persecución y captura de barcos enemigos en tiempos de guerra, para apropiarse de las riquezas que ese barco transportaba; tras un periodo de auge del corso (siglos XVII y XVIII), se abolió este sistema al adherirse la mayoría de las potencias marítimas a la declaración de París de 16 de abril de 1856.
Este sistema de apropiación ilícita de las riquezas de otros produjo un enorme beneficio a los gobiernos de algunos países europeos, que al estar identificados en ese momento histórico con los monarcas que en ese momento gobernaban, ocasiono el origen de alguna de las actuales mayores fortunas del planeta.
Actualmente vivimos en una situación en que, curiosamente, parece que los conflictos armados tienen unas implicaciones que los medios de desinformación tratan de explicar de forma sesgada e interesada, para que parezcan que son producto del interés de los organismos internacionales por defender los derechos humanos cuando, tristemente, tienen unos componentes de intereses mucho menos altruistas. La guerra de Libia no es una guerra de liberación del pueblo libio, en aras de la defensa de la justicia y los derechos humanos, si no que su único fin es la posesión del petróleo. No es una guerra aislada si no incluida en un contexto general. Quien la gane controlará los últimos vestigios de petróleo y gas natural de la Tierra. De ahí las guerras sin fin de Afganistán, Irak, Sudan e Irán; las que se libran en el mar Caspio y las que se librarán contra Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Siria y Venezuela dentro de muy poco tiempo. La ONU concedió una autorización a la OTAN para que permitiera un corredor aéreo en la zona por la que pudieran transitar cualquier avión sin riesgo; según agencias de prensa independientes de Argelia y Rusia la OTAN se ha extralimitado en sus actividades sobre el permiso concedido por la ONU, bombardeando objetivos civiles y ayudando a los insurgentes sobre el propio terreno.
Dentro de este “sistema organizado de apropiación de la riqueza de otros países” se sitúa lo ocurrido en la conocida como Guerra de Kosovo; durante los años noventa, mientras el mercado capitalista invadía los antiguos países socialistas de Europa del Este y de la Unión Soviética, la Yugoslavia socialista intento resistirse a la privatización de su industria y de sus recursos naturales. Para acabar con esta situación los países occidentales jugaron un papel fundamental en la desintegración de la Yugoslavia socialista. En aquel momento, más de 700.000 empresas yugoslava permanecían bajo propiedad social, y la mayoría era controlada por comités mixtos de directivos y trabajadores, con sólo un 5% de capital en manos privadas. Milosevic se negó a ceder soberanía según le proponían las reformas económicas exigidas por el FMI, el Banco Mundial y la Unión Europea; los préstamos y las condiciones de crédito del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial requieren la desintegración de todas las industrias públicas. Este es el caso del petróleo y del gas natural en el Cáucaso y el mar Caspio, así como las minas de diamantes de Siberia. La dominación de la OTAN sobre el terreno pondría a las empresas estadounidenses en la mejor posición de cara a la propiedad de esos recursos (en ese momento el Secretario General de la OTAN era Javier Solana).
Kosovo, a menudo es presentada por los medios de comunicación como una región montañosa, aislada y pobre; pocas personas saben que Trepca, situada al norte de Kosovo, es un conglomerado formado no sólo por sus tres componentes principales (la mina Stari Trg, la fundición Zvecan y el complejo industrial de Mitrovica), sino también por cuarenta y una minas y fábricas ubicadas al este de Mitrovica, en el norte de Kosovo. Stari Trg es una de las áreas de mayor concentración de minerales del mundo y la más rica de los Balcanes, capaz de producir minerales vitales para la industria valorados en 3 millones de libras esterlinas al día. The New York Times los llamó “el premio gordo de la guerra de Kosovo”. ¿Podría este pedazo incontestado de riqueza que todavía no estaba en manos de los grandes capitalistas de Estados Unidos o Europa ser razón suficiente para inventar una guerra?
El narcotráfico internacional es el negocio mejor retribuido del mundo, según algunos expertos mueven unos 600 mil millones de euros al año libres de impuestos; una ruta de contrabando de drogas va desde Turquía a Europa a través de los Balcanes, así pues el obstáculo a una ruta directa, rentable y eficiente desde Afganistán y Pakistán a través de Turquía hasta Europa era un gobierno serbio/yugoslavo cohesionado que controlará los Balcanes; el apoyo de la administración Clinton a los miembros del ELK, Ejercito de Liberación de Kosovo, conocido internacionalmente como un grupo terrorista, simplifico el camino de la heroína al destruir a Serbia y Kosovo e instalar al ELK como una potencia regional.
Al permitir que el capital fluya sin controles desde un extremo del mundo al otro, la globalización y el abandono de la soberanía se han combinado para fomentar el crecimiento explosivo de un mercado financiero fuera de la ley. Es un sistema cohesionado, ligado a la expansión del capitalismo moderno y basado en la asociación de tres partes: gobiernos, empresas transnacionales y mafias. La única forma en que el crimen organizado puede lavar los enormes beneficios de sus actividades es la complicidad de las grandes empresas y una actitud de “laissez faire” de los políticos. Y las transnacionales necesitan el apoyo de los gobiernos y la neutralidad de las autoridades reguladoras para consolidar sus posiciones, incrementar sus beneficios, soportar y vencer a la competencia, conseguir el “trato del siglo” y financiar sus operaciones ilícitas. Los políticos están directamente implicados y su capacidad para intervenir está sujeta a los apoyos y los fondos que les mantienen en el poder. Este conflicto de intereses es una parte esencial de la economía mundial, es el aceite que mantiene engrasados los engranajes del capitalismo.
