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domingo, 2 de octubre de 2011

¡No van a por los funcionarios, ni a por los jubilados, vienen a por todos!

¿Por qué tienen tanto interés los del PP en privatizar la educación y la sanidad? ¿Es simplemente para beneficiar a sus amiguitos del alma que se llenarán los bolsillos cuando se apropien de lo que nos ha costado tanto a todos los españoles mantener con nuestros impuestos? Según se puede leer en antiguos libros escritos por hombres sabios cuyo nombre se desconoce porque su sabiduría les impelía al anonimato, cuando a un pueblo le llega antes el dinero que la cultura está condenado, como Sísifo, a tener que empezar de nuevo para reconstruirse sobre parámetros opuestos que son los que llevan a la dicha, la felicidad y la justicia. No es cosa sólo de España, pero aquí la herencia del franquismo ha dejado una tolerancia a la inmoralidad tan alta que a veces es difícil respirar y sobrevivir a la vez.
Cuentan que hace muchos años vivió una reina poderosa y sabia obsesionada con mantenerse en el poder. Separada del pueblo por grandes murallas y profundos fosos, cada día daba órdenes a sus leales para que las condiciones de vida de campesinos y trabajadores fuesen aceptables. Desde su palacio, entre lujos y tesoros, clamaba para que ninguno de sus súbditos pasase excesiva hambre o demasiado frío. Insistía a sus hombres de confianza para que sus gentes no padecieran miserias ni sufrieran enfermedades relacionadas con la pobreza. Les organizaba grandes fiestas, los invitaba a vino y bailes. “¡Que sean felices, que se diviertan!”, decía. A la reina no la importaba que sus gentes tuviesen de todo…excepto educación. Las órdenes eran tajantes: nada de escuelas, nada de maestros, nada de libros. “Si les damos eso, sabrán tanto como yo. Y entonces se darían cuenta de que no me necesitan”, sentenció.
En el PP saben que un pueblo idiotizado por los “medios de comunicación de masas”, sin criterio ni opinión propia, ni capacidad para concebirla, un pueblo individualista, insolidario, anestesiado, es un pueblo de borregos que continuará votando a su opción en cuanto se les haga aflorar los fantasmas del pasado, obviando la corrupción en aras de hacer daño al contrario.
El bienestar de nuestra sociedad, construido de espaldas a la solidaridad, la dignidad, la verdad y la ética, es precario. No podía ser de otra manera: está basado en el egoísmo.
Mientras nos distraen con zanahorias tras las que correr -ley del tabaco, reducción del límite de velocidad- los asuntos cruciales pasan inadvertidos. Dirigidos y constantemente alarmados, con necesidad de tutela y motivación, nos mostramos inermes a las manipulaciones y aceptamos cualquier imposición. El inoportuno y mal planteado conflicto de los controladores fue ejemplo paradigmático. Creó problemas sin duda aunque a un porcentaje mínimo de la población, pero durante los días que duró el conflicto (y algunos, muchos más) las quejas de los afectados monopolizaron los informativos. Los más bajos instintos –envidia incluida- brotaron en calculada estimulación para pedir casi el linchamiento de los “asalariados de lujo” mientras seguían y siguen permaneciendo en la impunidad los multimillonarios causantes de males mayores. A continuación de privatizo de forma parcial el control del espacio aéreo español y la población desinformada y manejada respiro tranquila. Vendiendo lo nuestro a manos particulares que dirigen los destinos desde consejos de administración y en busca de su único interés estamos a salvo. Carambola perfecta.
Por lo que a las empresas públicas se refiere, seguimos oyendo la versión dominante de que lo privado es más eficiente que lo público. A pesar de que Stiglizt y otros denuncian este engaño como una de las grandes falacias de nuestro tiempo se repite machaconamente como argumento indiscutible con el fin de que los capitales privados dispongan de nuevas bandas de expansión a costa de lo que es de la ciudadanía, pagado con los impuestos de la ciudadanía. De hecho, a lo que más se parece la privatización de las empresas públicas en muchos casos es a un robo con desfalco que debería de figurar en el Código Penal.
Pero no nos confundamos la Política es imprescindible en un sistema democrático. Con tropiezos, avances y errores la humanidad persigue disfrutarla desde los griegos, cinco siglos antes de la era cristiana. Para dignificar el papel del ciudadano, de ser libre sujeto a derechos y deberes. Para regular una actividad humana cuyo fin es gobernar y dirigir la acción del Estado en beneficio de la sociedad. Hemos de obligar a nuestros representantes a regenerar la política.
Difícilmente el inmoral va a protagonizar ningún movimiento de protesta regenerador o revolucionario, difícilmente va a plantar cara al verdadero enemigo de todos porque él, individualista por encima de cualquier cosa, piensa que el otro, su compañero, es su enemigo, e ignora que el otro, y sólo del brazo del otro es como él y sus hijos podrán poner los peldaños necesarios para detener a los infames y construir una sociedad más justa para él y para los demás. Al inmoral no le importan los demás, cree que lloriqueando, peloteando, buscando al caciquillo de turno, logrará una salida personal, pero se equivoca, cree que esto no va con él, que él saldrá, pero ignora que esto va contra él igual que contra todos los demás y que las soluciones personales de pasillo, además de injustas y reprobables, sólo pueden dar salida a unos pocos y no a los millones de personas que necesitan esa salida.
Un antiguo proverbio africano asegura, “mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo pequeñas cosas, puede cambiar el mundo”.
Nosotros somos muchos.