En nuestras sociedades capitalistas, el dinero es, sobre todo, poder. Y, como todo lo que tiene que ver con el poder es política, todo lo relativo al dinero es también una cuestión política. Si entendemos esta cuestión previa sobre la naturaleza política del dinero, entenderemos que el dinero proporciona poder a quien lo crea, a quien controla su valor interno y externo y a quien determina quien se va a beneficiar del crédito, es decir, de disponer de más dinero sin tenerlo originalmente.
Los banqueros y financieros han conseguido hacer suyo el privilegio más inmenso que haya podido concebir el ser humano: crear dinero de la nada y hacer que los demás paguen por ello a quien lo hace. Ese es el privilegio que les permite influir en las decisiones políticas y en la elaboración de las leyes, o incluso el que utilizan para evitar pagar por los delitos que cometen.

En España, en los últimos años, se han dictado más de 600 sentencias condenando a diversos bancos por malas prácticas, consistentes casi todas ellas en hacer suscribir a sus clientes contratos con falta de información y engaños de todo tipo que han supuesto un daño patrimonial muy importante a más de 700.000 personas. Pues bien, la reacción de los gobiernos ha sido la de limitarse a apoyar a los bancos para que salgan de esas situaciones comprometidas en que les ponía su conducta irresponsable. Una prueba palpable del poder de la banca en España ha sido el indulto, aprobado por el gobierno en funciones de José Luis Rodríguez Zapatero, del consejero delegado del Banco de Santander, que había sido condenado en firme por un delito de acusación falsa formulada contra unos acreedores de Banesto cuando era presidente de dicha entidad en 1994. El gobierno hizo oídos sordos a los informes negativos emitidos en su día por la Fiscalía o por la Sala Segunda del Tribunal Supremo, que tomó por unanimidad de sus cinco magistrados la decisión de “desaconsejar” el indulto, o la denuncia de los inspectores del Banco de España, que habían señalado en un comunicado el incumplimiento de la legislación bancaria que obliga a separar del cargo a los ejecutivos sin honorabilidad por haber sido condenados, tal y como establece un real decreto de 1995 al imponer que “se entenderá que carecen de tal honorabilidad (requisito para ser consejero o director general) quienes, en España o en el extranjero, tengan antecedentes penales por delitos dolosos, estén inhabilitados para ejercer cargos públicos o de administración o dirección de entidades financieras o estén inhabilitados conforme a la Ley Concursal”.
En España no es la primera vez que los banqueros disfrutan de este tipo de privilegios. Para defenderse de la acusación de supuestos favores al Banco Santander, el ex ministro de Economía Rodrigo Rato presento un escrito de la exsecretaria de Estado de Justicia, y luego vicepresidenta del gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, en el que esta pidió el 25 de abril de 1996 que se cursaran al abogado del Estado “instrucciones” sobre su actuación en el caso de las cesiones de crédito, concretamente, pidiendo que no se dirigiera “acción penal alguna por presunto delito contra la Hacienda Pública, contra la citada entidad bancaria o sus representantes”. Gracias a ello, su presidente no tuvo que ser juzgado por una actuaciones que el diario digital El Confidencial de 21 de septiembre de 2006 describió de la siguiente forma: “Durante los años 1988 y 1989, el Santander manejó cerca de medio billón de pesetas de dinero negro, que provenía de fuentes financieras más o menos inconfesables. El banco entregó al Fisco información falsa sobre 9.566 operaciones formalizadas que representaban 145.120 millones de pesetas. A tal efecto, no dudó en declarar como titulares de las cesiones a personas fallecidas, emigrantes no residentes en España, ancianos desvalidos, trabajadores en paro, familiares de empleados del banco, antiguos clientes que ya no mantenían relación alguna con la entidad, etcétera. Como consecuencia del descubrimiento de esa serie de irregularidades, la acusación solicitó para el presidente del Banco de Santander, Emilio Botín, un total de 170 años de prisión y una multa de 46.242.233,92 euros (7.694.060.334 pesetas), además de una responsabilidad civil de 84.935.195,86 euros (14.132.027.499 pesetas), que era el perjuicio causado con su actuación a la Hacienda Pública”.
Por supuesto, Emilio Botín fue indultado por el gobierno de esos cargos y no tuvo que pagar nada a la Hacienda Pública.
Esta es una historia reciente que demuestra bien a las claras que el poder del dinero no es sólo financiero, ni ajeno a los avatares de la política, sino que es capaz de modificar todas las decisiones que tienen que ver con la marcha de nuestra sociedad con tal de tener las manos libres para ganar dinero con sus negocios a cambio de nuestro endeudamiento.
Estas cuestiones pueden, en alguna forma y posiblemente no como las más significativas, explicar la desafección de los ciudadanos hacia los actuales políticos.