La desigualdad surge en el mismo momento en que
nace la sociedad, porque las diferencias de poder y riqueza acompañan a todas
las sociedades humanas. La desigualdad es social por definición, ya que nace
por comparación (sólo puedo ser desigual a algún otro con el que me comparo).
Por lo tanto, sólo puede existir desigualdad cuando hay una sociedad. Además,
la desigualdad tiene más sentido cuando la sociedad es algo más que una simple
acumulación mecánica de individuos, sino un grupo de personas que comparten
determinadas características, como un gobierno, una lengua, una religión o una
memoria histórica comunes.
Según algunos autores existen tres tipos de
desigualdades económicas o de la renta que conforman nuestro mundo. El primero
son las desigualdades entre los
ciudadanos de un mismo país. Éste es el tipo de desigualdad en que normalmente
pensamos cuando alguien menciona la desigualdad de renta. El segundo son las
desigualdades entre las naciones, es decir, las diferencias entre las rentas
medias de los países ricos y los países pobres. Ésta es también una desigualdad
conocida como bien sabe el turista. Y el tercero es la desigualdad global, la
desigualdad de la renta entre todos los ciudadanos del mundo. Esta claro que la
tercera es una combinación de las dos anteriores.
Las tres influyen en nuestra vida. La desigualdad
dentro de un país nos parece la más importante porque la vemos y sentimos todos
los días. Si percibimos la desigualdad entre los países es porque se manifiesta
a través de los flujos migratorios. De la misma manera somos conscientes de la
desigualdad global, ahora que la crisis financiera se está convirtiendo en una
crisis del sistema económico global, y cuando es evidente que su solución no
puede ser nacional sino paneuropea o incluso global.
España está en el cruce de todos estos tipos
de desigualdades; la percepción de la riqueza y de la pobreza se acentuó
después del inicio de la crisis. El
creciente paro que afecta principalmente a los jóvenes ha contribuido a esta
percepción. Pero el paro no significa solamente que la gente no tenga trabajo
en este momento, sino que también indica un futuro precario e inseguro.
La inmigración de África, América Latina y Europa
del Este es la forma más obvia en que se ha reflejado en España el
desequilibrio económico del mundo actual. La inmigración es sin duda es la
fuerza más potente para reducir la pobreza y también la desigualdad global,
como fue el caso a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, cuando
millones de europeos emigraban a América del Norte y América Latina. Pero
también crea problemas de “absorción” de los inmigrantes, choques culturales y
problemas políticos. Probablemente será un problema más importante en este
siglo de lo que fue en siglos pasados.
Hace pocos años la crisis financiera estaba
empezando; el papel que la creciente desigualdad en los Estado Unidos ha
desempeñado en la creación de la crisis parecía obvio. La crisis continúa y
además se agrava; sus efectos ya son visibles no solamente en los indicadores
económicos sino en la movilización social. Las manifestaciones de los
indignados se suceden en todas las zonas del mundo. Cómo acabará esta
efervescencia social, y cómo y cuándo llegará el final de la crisis no es fácilmente previsible, pero sabemos que
dos temas, “la desigualdad” y “la globalización”, estarán con nosotros durante
los próximos años y probablemente en las décadas que vienen.
Las personas tienen derecho a empezar a
cuestionarse la justificación de ciertas rentas y de la enorme brecha que
existe entre los ricos y los pobres, en la mayoría de los países, incluidos los
Estados Unidos, y entre los países ricos y pobres del mundo. Son cuestiones que
los segmentos dominantes de los creadores de opinión suelen dejar de lado, con
demasiada facilidad, argumentando que todas o la mayoría de las desigualdades
vienen determinadas por los mercados, por lo que no deberían ser materia de
discusión. Sin embargo, la mayoría de ellas no están determinadas por los
mercados, sino por los poderes políticos (como muestran numerosos ejemplos de
la crisis financiera), ni su cuestionamiento puede descartarse en los debates
sociales aludiendo al “mercado”. La economía de mercado es una construcción
social, creada, (o, mejor dicho, descubierta) para servir a las personas, por
lo que, en cualquier sociedad democrática, plantear cuestiones sobre su manera
de funcionamiento es absolutamente legítimo.


