Es necesario llamar la atención del público sobre
las cuestiones de la desigualdad de la riqueza y la renta, que, por muchas
razones (algunas “objetivas” y otras quizá dictadas por los intereses de los
ricos), suelen esconderse debajo de la alfombra para que no alteren mucho al
público. Hay que colocar en el centro del debate social los temas relacionados
con la desigualdad y la riqueza, especialmente en tiempos de crisis, para
estimular alguna forma de activismos social que parece que está pasado de moda.
Dicho de otra manera: las personas tienen derecho a empezar a cuestionarse la
justificación de ciertas rentas y la enorme brecha que existe entre ricos y
pobres de la mayoría de los países, incluyendo los Estados Unidos del Norte de
América, y entre los países ricos y pobres del mundo.
¿Cómo acabar con la desigualdad? Algunos autores,
basándose en la lógica, argumentan que un sector financiero más amplio y
eficiente permitiría a los individuos pobres acoger a créditos para financiar
su propia educación, lo que reduciría la desigualdad a medida que las puertas
del progreso educativo se abrieran para todos y no estuvieran reservadas sólo
para los ricos. Se supone que el gasto del gobierno (como proporción del
producto interior bruto o PIB) o el empleo público (como porcentaje de la mano
de obra total) tienen un efecto limitador de la desigualdad, en primer lugar
porque ayudan a los pobres, y en segundo lugar porque limitan la desigualdad
salarial.
A la desigualdad en relación con la eficiencia
económica, le pasa algo parecido al colesterol: existe una desigualdad “buena”
y otra “mala”. La desigualdad “buena” es necesaria para crear incentivos con el
fin de que las personas estudien, se esfuercen en trabajar o inicien proyectos empresariales arriesgados.
Nada de esto puede conseguirse sin que se produzca a cambio cierta desigualdad.
Pero la desigualdad “mala” empieza en el momento (difícil de definir) en que,
en lugar de proporcionar una motivación para destacar, proporciona los medios
para conservar las posiciones adquiridas. Esto ocurre cuando la desigualdad de
patrimonio o de ingresos evita un cambio político de la sociedad que tendría
consecuencias positivas para la economía o sirve para que sólo los ricos tengan
acceso a la educación, o para asegurar que consigan los mejores empleos. Todos
estos casos reducen la eficiencia económica de una sociedad. Si la capacidad de
cualquiera para acceder a la educación de calidad depende fundamentalmente de
la fortuna de sus progenitores, esto equivale a privar a la sociedad del
talento y los conocimientos de buena parte de sus miembros (los pobres). En
este sentido, la discriminación en función de la riqueza heredada no se
diferencia de cualquier otra discriminación, como la derivada del sexo o de la
raza. En todos los casos, la sociedad decide que las capacidades de cierto
grupo de personas no serán utilizadas. Es poco probable que estas sociedades
tengan éxito económico. Dependiendo de qué tipo de desigualdad sea la dominante
en un determinado país y época (la “positiva”, necesaria para proporcionar
incentivos, o la “negativa”, que asegura el monopolio de los ricos ), puede
considerarse beneficiosa o perjudicial para el conjunto global de una sociedad.
La introducción de la democracia política es la
clave que hace insostenible la desigualdad política elevada. El sistema
capitalista debe generar por si mismo una distribución previa a los impuestos
que sea sostenible y que no estimule a las personas a decidir tasas fiscales
desorbitadas. Para que esto se produzca es necesario redistribuir los activos
de manera relativamente equitativa entre las personas. A corto o medio plazo,
no es posible influir en gran medida en la distribución de los activos
financieros, pero si se puede intervenir en la distribución de la educación (lo
que los economistas llaman “capital social”), y de ahí el énfasis en un mejor
acceso a la enseñanza de calidad para todo el mundo; una distribución más
general de dicho activo igualaría la distribución de la renta antes de
impuestos e influiría para que incluso quienes son relativamente pobres se lo
pensarán dos veces antes de votar a una opción política que propusiese
impuestos elevados.
Un cambio en el desarrollo económico produce
también un cambio en nuestro modo de considerar la utilidad de la desigualdad.
Si la difusión de la enseñanza se ve restringida porque los hijos con talento
de los pobres no pueden pagar su educación, el índice de crecimiento económico
comenzará a disminuir. Una educación de calidad generalizada es equivalente a
una menor desigualdad.
