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domingo, 20 de septiembre de 2015

La Socialdemocracia ha sido vencida: Vuelta urgente al Socialismo



El movimiento socialdemócrata surge a finales del siglo XIX y principios del siglo XX y comporta la posibilidad de obtener condiciones favorables para los trabajadores a través de admitir que los medios de producción estén en manos de los capitalistas porque estos, considerándolos con una cara humana, no tendrían inconveniente en proporcionar un cierto nivel de bienestar para sus trabajadores. La Socialdemocracia trataba de humanizar al capitalismo y reformar el Estado, reconociendo la obsolescencia del marxismo. Se trataba ya no de alcanzar aquella sociedad sin clases sino de adoptar una estrategia pragmática y realista que se adaptaba a las actuales circunstancias.
Para mi es una forma a la vez ingenua pero práctica de oponerse al capitalismo, que exige un mínimo nivel de participación de los interesados: la clase trabajadora y deja en manos y en la voluntad de los capitalistas el nivel de bienestar que están dispuestos a proporcionar a sus trabajadores.
El dilema crucial de la socialdemocracia, compartido con el resto de fuerzas de izquierdas, consiste en la definición de la idea de progreso y establecer los pasos concretos para su aplicación (ni análisis sin propuestas ni propuestas sin análisis). La auténtica crisis de la Socialdemocracia es la actual indefinición ideológica que les obliga a defender un programa cuyo mínimo ha de ser la conservación de las conquistas sociales y morales del pasado y su máximo una “estrategia de poder” que permita hacer cierta en el menor plazo posible su definición utópica transformadora.
Justificado por la incertidumbre que el desarrollo del capitalismo ha arrojado sobre el futuro de la humanidad es necesario retomar hoy la esencia de la discusión entre reforma y revolución, reflexionando sobre la naturaleza esencialmente conflictiva del proceso social, negando la naturaleza inherentemente positiva del consenso y su identificación acrítica con la idea de democracia. La Democracia reclama igualmente para poder recibir tal nombre, la fuerza constructiva y alternativa del disenso.
En la actual coyuntura histórica es pertinente disentir del consenso existente en torno a la idea de que el buen gobierno es la administración tecnocrática de la res pública que, por otra parte, es orquestada de forma ilusoria y desrresponsabilizadora por unos medios de comunicación social al servicio de unas estructuras de poder en la que convergen los intereses de los partidos políticos y unas corporaciones económicas crecientemente oligopólicas. En definitiva, para recuperar la conciencia de que la transformación y el control de una estructura de poder que produce los problemas que amenazan el futuro de la humanidad o debilita los contenidos humanistas en el presente, se exige la construcción de bases de poder desde la que generar alternativas “al pensamiento único” existente. Este proceso implica retomar la movilización social con su correlativa conflictividad política, perfectamente asumible dentro de los parámetros dialógicos en los que se mueven las instituciones democráticas creadas en la historia reciente de occidente.   
El conformismo con el programa mínimo, la paulatina renuncia al programa máximo y el intencional deterioro de la palabra revolución (vinculada exclusivamente al concepto de violencia), posibilito que los socialdemócratas se relajasen en sus intenciones transformadoras y empezasen a disfrutar sin tensiones dialécticas de las posiciones institucionales conseguidas, según su discurso, “gracias a la política parlamentaria”. La ausencia de objetivos de largo alcance termina convirtiendo estas actividades, que son un medio, en fines en sí mismas. Consecuencia de ello es una nueva distribución de poder dentro de los partidos a favor de los cargos que cuentan con recursos institucionales (vitales para la consecución de votos), en detrimento de las bases e, incluso, de los grupos parlamentarios, si bien en ese aspecto las dinámicas nacionales abren un variado abanico de posibilidades.
Por otro lado, permanece en el discurso socialdemócrata la inevitabilidad de las medidas tomadas, constituyendo la inapelabilidad de lo realizado el eje de la discusión política con el consiguiente cierre de toda posibilidad de construir una crítica que pueda imprimir una nueva dirección en su programa político. Posicionamientos que pese a su justificación en nombre de la gobernabilidad, la competitividad o la inevitabilidad, alejan a la socialdemocracia de la matriz emancipadora que ha caracterizado a la cultura de la izquierda.
La gran paradoja de la socialdemocracia está en que a pesar de los lúcidos intelectuales con que cuenta en sus filas, muchos de los cuales siguen considerando válidas los postulados científicos del pensamiento marxista, la política socialdemócrata de partido de gobierno sigue actuando dentro de opciones y soluciones de carácter nacional (o zonal), sin terminar de considerar en toda su perspectiva los problemas derivados de la lógica transnacional de la actual fase de desarrollo capitalista. 
En el plano cultural se encuentra uno de los mayores problemas de la socialdemocracia, que se ha traducido en su principal laguna en términos de estrategia política y que, por tanto, constituye el núcleo del fracaso en sus esfuerzos emancipadores de la sociedad capitalista.
Ni el pacto social ni siquiera la actual forma de democracia (que es el resultado de una determinada correlación de fuerzas) podrían mantenerse en este escenario porque el capitalismo es incapaz de dar respuestas a las necesidades básicas de la humanidad. O la democracia avanza o la democracia pierde; o una nueva izquierda accede al poder público o los derechos sociales serán un recuerdo subversivo.