El monumental batacazo (que se veía venir) del partido del Gobierno en las pasadas elecciones municipales no da pie a otra cosa sensata que no sea reflexionar sobre las causas y los motivos de tal patinazo de la izquierda en unos momentos en los que, precisamente, la derecha no puede presumir de centrismo, templanza o moderación.
¿Qué ha ocurrido para que los españoles retiren su confianza a un partido socialdemócrata que debería ser el principal soporte de garantía de los derechos sociales y de los avances democráticos de los españoles? ¿Qué resortes se han movido en el ideario de una importante masa ciudadana para que retire su apoyo a la izquierda política?, y ¿qué ha llevado a esa supuesta izquierda a seguir tan de cerca las coordenadas marcadas por el poder de los mercados y de las consignas neoliberales europeas?
Hace meses un titular en la prensa francesa afirmaba literalmente que en España existe un bipartidismo político conformado por la extrema derecha (PP) y por la derecha (PSOE). El tener en España un gobierno de ideología socialdemócrata no ha impedido que se estén llevando a cabo esas políticas de recortes sociales que nada tienen que ver con la socialdemocracia, sino, repito, con los idearios más neocon de la derecha. Sin embargo, la miopía no es ceguera, y lo que no se puede justificar es que se impongan recortes a las clases menos favorecidas, se incremente en dos años la edad de jubilación, se reduzcan los servicios públicos, se congelen las pensiones y se reduzcan los sueldos de los funcionarios, mientras se promueve una política fiscal que favorece a las rentas más altas, se financia con dinero público a la banca, se permite una política inhumana de desahucios y se protege al capital financiero.
No cabe duda de que dentro del PSOE existe un lobby ideológico conservador que aleja al partido de sus referentes ideológicos originales (a todos nos llegan a la mente sus cabezas más visibles). Y no cabe duda (las urnas lo han dejado claro) de que un amplio sector social ha dejado de confiar en las políticas derechizadas de un gobierno que no ha sabido o no ha querido detener la voracidad privatizadora, ni transmitir confianza a la ciudadanía, ni atajar con prestancia y rotundidad las continuas embestidas de una derecha radicalizada ideológicamente, todo lo cual era y es su obligación.
El análisis que el PSOE está haciendo del resultado de las elecciones del domingo de seguir por ese camino conduce a la catástrofe de la izquierda en este país. La catástrofe puede ser una victoria del PP en 2012 de tal magnitud que les garantice el poder por décadas. La derecha cuando está fuerte instaura un régimen, véase Madrid o Valencia, con un control absoluto de los medios y una manipulación permanente y con sistemas clientelares que penetran en toda la sociedad y del que resulta muy difícil expulsarles. Eso puede trasladarse al conjunto de España si el PSOE continúa por el camino de no entender el mensaje.
Zapatero y Blanco sostienen que se ha producido un giro a la derecha, lo cual no es cierto, el PP no ha ganado mucho del voto del PSOE, que se ha ido, como siempre ocurre con el voto de izquierdas, a la abstención, al voto en blanco y nulo (más alto en porcentaje que nunca) y a los partidos pequeños. No es que no hayamos entendido las políticas que se han hecho, es que no nos han gustado. Y no es que no se entienda que eran necesarias medidas de austeridad, es que estas deberían haber ido acompañadas de medidas que gravaran a los más ricos; al menos de gestos porque los gestos son también importantes. En otros países, incluso gobernados por la derecha, las políticas de austeridad se han intentado equilibrar. La sensación aquí es que no se ha hecho un solo gesto destinado a distribuir de manera más justa el coste de la crisis. Pero además había otras políticas, no relacionadas con la crisis, que tampoco se han hecho como el necesario avance en la laicidad del estado que más bien ha sufrido un retroceso en esta segunda legislatura en la que los laicistas nos hemos sentido más que olvidados humillados por la política de permanente entreguismo a la iglesia católica en un país cuya sociedad es, según las encuestas, laica y aconfesional.
Eso por no hablar de la corrupción que campa a sus anchas por todos los estamentos políticos y en todos los partidos fomentando la desafección y el hartazgo. La corrupción no pasa factura a la derecha pero sí a la izquierda. Por más que la corrupción sea más y más grave en el PP los muchos imputados que también el PSOE ha protegido le pasan a éste una factura mucho mayor que al partido de la derecha, y no solo por no cumplir con sus compromisos de limpieza, sino por no combatirla con dureza en todos los ámbitos, por no impedir con leyes, cuando han tenido mayoría suficiente como para aprobarlas, que la suframos todos. La corrupción se ha extendido como una mancha que nos ha llenado de desazón, de apatía, de ganas de quedarnos en casa, de rabia contra los que gobiernan.
Si el PSOE ante la derrota, en lugar de escuchar a los votantes que a pesar del enfado le hemos votado y escuchar también a los votantes que ha perdido, se cierra sobre sí mismo para protegerse como partido, si se dedica a echar la culpa a la sociedad en lugar de a sus políticas, si se dedica a discutir sobre caras y nombres en lugar de sobre programas y políticas, no sólo estará favoreciendo una derrota en 2012 de proporciones históricas, sino que estará consumando una traición a toda la izquierda española; una traición de la que algún día tendremos que pedirles cuentas. ¿Es así como quiere pasar a la historia Zapatero?
Son muchos quienes tienen la percepción de que la crisis no se está resolviendo adecuadamente, puesto que los actores principales no han rendido cuentas. Ni los bancos centrales, con sus políticas monetarias favorables a las burbujas; ni los grandes inversores, que especularon alocadamente y que siguen recibiendo compensaciones monetarias escandalosas; ni las agencias de calificación, que evaluaron los bonos basura como productos de alta calidad y que ahora castigan con severidad la deuda pública de algunos países; ninguno de ellos, digo, ha visto mermado significativamente su poder. Hay aquí una impunidad generalizada que buena parte de la ciudadanía no entiende.
El PSOE no tiene que inventar nuevos ideales ni nuevas políticas. Sus objetivos pueden seguir siendo reducir las desigualdades, hacer efectivos los derechos básicos y extenderlos, asegurar a los ciudadanos ante los vaivenes económicos y estimular el empleo mediante inversiones productivas. Sigue siendo necesario construir una red de guarderías públicas, mejorar la ayuda en dependencia e invertir en conocimiento.
El problema no radica en esos objetivos, que por lo demás comparte la gran mayoría de la sociedad española. El problema, en realidad, es que los socialdemócratas se han quedado paralizados en la tela de araña que el euro ha construido en Europa y no pueden llevar a cabo sus políticas. Un gobierno progresista debe impugnar el actual diseño de la Unión Monetaria, no necesariamente para destruirla, pero sí para transformarla y democratizarla.
La crisis del PSOE es una crisis de relación con una parte muy importante y significativa de la sociedad, es la crisis de la ruptura de vínculos con la amplísima población que situada en una óptica progresista apostaba por los socialistas como referente político. Es el paso de factura por el profundo giro dado en la gestión de la crisis y la tenaz perseverancia en aplicar los ajustes en una sola dirección olvidando cualquier elemento de progresividad fiscal; pero también es el paso de factura por el abandono del impulso reformista del periodo 2004-2007 encallado en el abandono de la lucha por la laicidad del estado, en la cesión tras cesión a la jerarquía eclesiástica, en el miedo a la reforma de la Justicia, en el encastillamiento en el sistema electoral bipartidista junto al PP, en la falta de impulso para una reforma de la Administración, en la defensa firme de los sistemas públicos de sanidad y educación permitiendo a las autonomías gobernadas por la derecha el deterioro de una pieza clave de la igualdad de los ciudadanos. En definitiva, el castigo del 22-M tiene que ver con una profunda decepción de aquellos que le auparon al gobierno tanto en el 2004 como en el 2008.
Cualquier medida debe evidenciarse en una política diferente, con todas las precauciones que se quiera en un marco exterior hostil pero que sea una señal inequívoca ante los ciudadanos, ante las organizaciones sociales, ante los sindicatos y ante la juventud en rebelión del 15 M.
Con el absoluto respeto que debemos mantener por la autonomía de este movimiento, que nos ha dado a todas las gentes de izquierda una auténtica lección de nuevas formas de movilización, organización, debate democrático, respeto a las personas y a sus opiniones; también debemos señalar que hay que trabajar en una confluencia amplia por el cambio de las formas políticas y de los contenidos sociales de las políticas. El marco dado por las plazas de toda España es extraordinario, la identificación de su propuesta es cada vez más nítida (Ley Electoral, separación de poderes, corrupción, control ciudadano,…), ello añade una nueva fuerza a la movilización y añade una identificación de propuestas ante las que nadie debe mirar para otro lado: ¿Qué opinan las fuerzas políticas? ¿Qué dicen los sindicatos? ¿Qué aportan los movimientos sociales?
